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Signo (Sign)

Carlos Roa

02/03/2018 – 03/03/2018

 

“La baraja de oro”

 

Los créditos de inicio corren al ritmo de Tino Quintero. Una troca roja del 91 entra a cuadro con el paso bien alterado quemando llanta frente a una cabaña rodeada de vacas. Estamos en las afueras de Culiacán, Sinaloa.

 

La bota negra cae de golpe y se dirige al interior de la cabaña. Es Umberto Eco parado frente a un cuerpo moribundo. Las grasosas ventanas logran filtrar un poco de luz, revelando con ello la identidad del bulto en el suelo; se trata de Chalino Sánchez.

 

Caemos en cuenta de que nos encontramos ante la décima película de Tarantino. Tal escena de interrogación solamente podría suceder en una película suya, el western perfecto —a narco fairytale— desarrollado durante el sucuestro de Chalino.

 

Eco, con cuete en mano, lo interroga por la aparición de un signo en las secundarias mexicanas, y del cual sospecha Chalino es el responsable. “La baraja de oro”, una película aún no hecha por Tarantino, es la mejor manera de explicar las relaciones que se encuentran en la obra de Carlos Roa para “Signo”; una exhibición de gráfica que atraviesa el branding de la cultura del narco en paralelo con un signo fantasma sin dirección que parece haber surgido de la nada.

 

El pensamiento general sobre la semiótica nos ha llevado a creer que todo elemento existente — sea este de carácter lingüístico, gráfico u otro — porta en sí la condición inherente de un significado. Sin embargo, esta premisa es incorrecta. Hacia inicio de los noventa, mientras en MTV “Losing My Religion” de R.E.M. nos daba la bienvenida a la nueva década, el TLCAN se encontraba en planeación y Chalino Sánchez había sido ejecutado, en las secundarias de America del Norte surgió una nueva imagen. Se trataba de una “S”, la “ese chola” o la “stussy s” — una letra con similitud a tipografías góticas o aquellas utilizadas en el graffiti — que comenzó a aparecer en las libretas de los estudiantes como juego o desenfado.

 

Este signo, o espectro, se había materializado de la nada como una alucinación colectiva; un sueño participativo o incluso una escultura social. En cuestión de meses su reproducción técnica, pues las manos que la dibujaban actuaban como una maquina automática, se había extendido por todo America del Norte. Quizá estemos hablando del primer meme pre-social media. Y frente a tal fenómeno nos tenemos que preguntar, ¿qué podemos hacer desde un análisis que intenta trazar el origen y significado de los signos, ante uno que parece no tenerlos?

 

Para esbozar una posible respuesta habría que situarnos en la década de los noventa. La canción de R.E.M., premiada en 1991 como mejor vídeo por MTV, parecía anunciar el fin de una religión pero el inicio de otra. “Perdiendo mi religión, tratando de seguirte el paso” recita el vocalista, y es esa segunda parte de la frase la que augura el comienzo de un nuevo culto. Boris Groys nos ha mencionado que toda religión es una repetición colectiva de rituales, y como sabemos, tales actitudes no son exclusivas de grupos teístas.

 

En 1994, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte había iniciado, y con ello la introducción completa del proyecto neoliberal a México. El neoliberalismo, un modelo cultural sustentado en la producción capitalista, en la deuda y en tiempos recientes en la manipulación sobre los afectos, tiene como base la repetición; el trabajo despojado de placer y el consumo como principal norma de ser. Y por lo tanto se trata de un mecanismo religioso pues su existencia está basada en la repetición ritualista pero también técnica, despojada de su valor de culto para asignarle un valor de exhibición que busca penetrar su modelo en todos los aspectos de la vida humana.

 

Regresemos a nuestro punto de interés, la “S” que a la par de lo anterior circuló de voz en voz y se insertó en la memoria de generaciones enteras hasta el día de hoy. Esta imagen comenzó a ser reproducida bajo una técnica que incluía la labor sistematizada de la mano y el trabajo cognitivo en la forma de un ritual colectivo. Entonces, al situarnos frente a este ritual técnico es pertinente cuestionar a qué religión pertenece.

 

La “S”, si bien mantiene un origen oficial desconocido, ha sido rastreada a inicios de los años cincuenta, graffitis en décadas subsecuentes y la principal versión aceptada por el público general, una compañía de ropa fundada en 1980 de la cual fue el logo. ¿Y cómo es que el logo de una marca termina siendo un signo a través del hemisferio norte americano? Pues tal vez gracias al proyecto neoliberal que no solamente permitió la libre transacción de bienes materiales entre mercados, sino también el intercambio cultural y la difusión de imágenes telemáticas a través de las fronteras.

 

Este signo no encuentra su significado en una cosa o lugar concreto, sino en un fenómeno colectivo apoyado en el neoliberalismo, tanto en sus políticas de flujo mercantil y cultural, así como en su estructura operativa; un mecanismo técnico ritualista que favorece la circulación y reproducción de signos fácilmente reconocidos por el subconsciente de niños y adolescentes.

 

Y a todo esto, ¿a qué viene Chalino Sánchez? Inmortalizado como mártir, Chalino es una de las tantas imágenes tomadas por la cultura del narco, y tanto signo como la “S” apunta hacia el movimiento de sujetos participativos en una reproducción técnica y ritualista. También podríamos hablar de la similitud entre la insurgencia de tal cultura y la circulación de la “S”, ambas que parecen haber surgido de un proceso fantasmal, y claro, de la participación que el neoliberalismo ha tenido en su creación. Las políticas necro-capitalistas, el mercado de operaciones militares, el de armas, el de la moda y el entretenimiento con épicas del narco han dotado de una narrativa a esta cultura, y para hablar de este nuevo signo necesitaríamos una segunda parte y varias dosis de Rivotril.

 

 

Texto por Andrew Roberts